fermin
mayo 22, 2025

Cuando llevas muchos años trabajando en el ámbito del ejercicio y la salud, aprendes a
distinguir dos cosas muy diferentes: lo que realmente ayuda a las personas y lo que
simplemente se repite porque siempre se ha hecho así.
Como señalaba **Arthur Schopenhauer**, muchas ideas sobreviven no por su verdad,
sino por la costumbre de repetirlas sin cuestionarlas.
En estas últimas décadas hemos visto pasar modas, métodos, entrenamientos
“definitivos” y mensajes que prometían resultados rápidos. Algunos han aportado cosas
interesantes. Otros, con el tiempo, han demostrado no ser tan útiles como parecían. Y
algunos, directamente, han generado más problemas que soluciones.
Este texto no nace para señalar culpables ni para desacreditar a un sector entero. Nace
para poner sobre la mesa algunas **verdades incómodas** que rara vez se dicen en voz
alta, pero que muchas personas sienten en su propio cuerpo.
Durante años, el mensaje dominante ha sido sencillo: muévete más, entrena fuerte, suda,
aguanta. Ese mensaje, repetido una y otra vez, ha calado hondo hasta convertirse en una
verdad incuestionable.
El problema es que “la salud rara vez es tan simple”. Y cada vez más nos lo confirma la
ciencia.
Reducir el ejercicio a una cuestión de intensidad o volumen, ignora factores clave como
el contexto personal, el nivel de estrés, la historia de lesiones, la edad, el descanso o la
presencia de patologías, las emociones. Cuando todo se resume en “hacer más”,
muchas personas acaban sintiendo que el problema son ellas, cuando en realidad el
problema es el enfoque.
Una de las ideas más arraigadas en el sector es que entrenar más duro siempre produce
mejores resultados. Durante años se ha asociado el agotamiento con el progreso, y el
cansancio extremo con el trabajo bien hecho.
Sin embargo, desde hace tiempo sabemos que la relación entre estímulo y mejora “no es
lineal”. Existe un punto en el que el esfuerzo ayuda a adaptarse y mejorar, pero a partir de
cierto nivel ocurre justo lo contrario: el rendimiento baja, el cansancio se acumula y el
cuerpo deja de responder, nos tenemos que acordar del Síndrome General de
Adaptación de Hans Seley. Esta relación también se describe mediante la conocida
“curva de Yerkes-Dodson”, que muestra cómo un exceso de carga puede ser tan poco
eficaz —o incluso más perjudicial— que una carga insuficiente.
En la práctica diaria esto se traduce en algo muy reconocible para muchas personas: más sesiones, más intensidad y menos energía; más esfuerzo y más dolor; más motivación al inicio y abandono al poco tiempo. El cuerpo no mejora por acumular estímulos sin sentido, sino por **adaptarse a estímulos bien dosificados**. Cuando esa dosificación falla, el ejercicio deja de ser una herramienta de salud y se convierte en una fuente más de desgaste.
Otra idea que se ha instalado con fuerza es que el dolor forma parte natural del proceso. Que es normal entrenar con molestias constantes, rigidez o sensaciones desagradables. Que “si no duele, no sirve”. El resultado es que muchas personas conviven durante años con dolor lumbar, cervical, de rodilla o de hombro, asumiendo que es el precio a pagar por moverse… o por hacerse mayores. Ambas falsas. La realidad es que “el dolor no siempre es inevitable”, ni debería aceptarse sin más. En muchos casos es una señal de que algo no se está haciendo bien: una carga mal ajustada, una progresión demasiado rápida o una falta de adaptación al contexto real de la persona. Normalizar el dolor no es profesionalizar el ejercicio; es resignarse a hacerlo mal.
Quizá una de las mayores falsedades que se han instalado con el tiempo es la idea de
que todos podemos entrenar igual si ponemos suficiente voluntad. Programas genéricos,
rutinas estándar y recomendaciones universales se aplican como si los cuerpos no
tuvieran historia.
Pero cada persona llega al ejercicio desde un punto distinto. Algunos vienen de años de
sedentarismo. Otros de trabajos altamente demandantes. Otros arrastran lesiones
antiguas o conviven con patologías que condicionan su respuesta al esfuerzo.
Pretender que todos sigan el mismo camino no es igualdad, es “falta de criterio. Pero
además, ¿Quién ha dicho que somos iguales?.
Muchas de las personas que se acercan hoy al ejercicio no buscan rendir más, ni competir, ni superar marcas. Buscan dormir mejor, tener menos dolor, llegar al final del día con energía, mejorar datos de su analítica, bajar esa grasa abdominal, y sentirse más capaces en su vida cotidiana. Sin embargo, a menudo se encuentran con propuestas que no tienen en cuenta ese objetivo. Entrenamientos que añaden más estrés a agendas ya saturadas, más exigencia a cuerpos cansados y más frustración a procesos que deberían ser sostenibles. Cuando el ejercicio no mejora la calidad de vida, algo está fallando en la forma de aplicarlo.
Hoy sabemos que el ejercicio puede ser una herramienta extraordinaria para la salud…
“si se aplica con criterio”. Eso implica evaluar antes de intervenir, adaptar antes de exigir
y progresar antes de intensificar.
Implica entender que entrenar no es castigar el cuerpo, sino enseñarle a funcionar mejor.
Y que el éxito no siempre se mide en sudor o agotamiento, sino en bienestar, constancia
y sensación de control.
Este blog nace como resultado de un camino recorrido durante más de 35 años en el
ámbito del ejercicio y la salud, un camino marcado por la práctica real y por una
“formación continua en diferentes ámbitos”. La experiencia con personas muy distintas,
en contextos muy variados, obliga a ampliar la mirada y a cuestionar soluciones únicas o
enfoques reduccionistas.
Como señalaba Abraham Maslow, “supongo que es tentador tratar todo como un clavo,
si la única herramienta que tienes es un martillo”. En el ejercicio y la salud ocurre algo
muy parecido: cuando solo se domina un enfoque, todo acaba interpretándose desde
ese mismo prisma, aunque no siempre sea el más adecuado.
La formación continuada y la experiencia nos han enseñado que “no existe una única
herramienta válida para todas las personas”, ni un único camino para mejorar la salud.
Entrenar bien implica integrar conocimiento, contexto y criterio, y saber cuándo aplicar
cada recurso.
Este blog nace para compartir esa forma de entender el ejercicio: más reflexiva, más
amplia y más ajustada a la realidad de las personas. No para ofrecer recetas universales,
sino para explicar por qué, después de muchos años aprendiendo, “entrenar mejor casi
siempre significa pensar más y simplificar menos”.
¡Gracias a todos aquellos, que durante todos estos años, habéis
confiado en nosotros!
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